Después de muchas lunas abrimos otra vez la boca, aunque no sea un asunto de capital importancia. Sólo para que ustedes se den cuenta de lo vendida/acollonada que está la prensa, con las debidas excepciones. Incluso en las redes sociales, que aspiraban a sustituir al «periodismo tradicional», no se habla más que de lo que el poder y sus mamporreros quieren (lo de las preguntas estúpidas y facilonas que hacen algunos para ganar puntos a través del feedback ya, si eso, otro día).
Y esta vez le ha tocado el turno a la Flotilla de la Pandilla Poquilla. Es un despropósito de cabo a rabo. Pero vamos por partes, que dijo Jack el Destripador.
Para empezar, ¿quiénes forman su tripulación? No ha trascendido mucho, salvo un par de caras conocidas para mí. En primer lugar, la de Greta Thunberg, de quien estoy seguro que si está en ese barco es que hay negocio. Dejemos aparte su apariencia de medio-Asperger: no es ninguna tonta y ha aprendido como nadie el arte de la publicidad desde el victimismo, haciendo caja de paso.
Y la otra, sorprendentemente (o no), Ada Colau. Esta señora tiene la rara cualidad de defender causas con las que no tiene relación alguna, salvo su voluntad de liderarlas, que se dice ahora. Recordemos que su carrera como activista (porque eso es y no otra cosa) comenzó con la plataforma de afectados por la hipoteca. Se paseó por las noticias con un disfraz que a Ruiz Mateos le hubiera encantado, porque era de abeja Maya. Al rascar un poco, sin embargo, resultó que esta señora no había pagado jamás una hipoteca y, por tanto, no tenía derecho a ser abanderada de ninguna plataforma de ésas. Si me perdonan el símil, es como hacerse pasar por víctima del campo de exterminio de Mauthausen sin haberlo sido jamás, cosa que intentó un señor llamado Enric Marco y le salió el tiro por la culata. Feo, ¿verdad?
Luego, el runrún (en castellano: ¡puags!) la llevó en volandas a la alcaldía de Barcelona, donde: a) por ser una ciudad grande; b) no tener ni idea de gobernar y c) ser de izquierdas e ignorar por completo a sus conciudadanos, dejó un pifostio más que remarcable y salió corriendo hacia… Madrit, donde ha pretendido reeditarse como activista. Se conoce que en Barcelona se quemó y creía que en los Madriles podría reinventarse, donde supuestamente no la conocen. Claro que colocándose al lado de Manuela Carmena y Yolanda Díaz, parecen las tres juntas a Santa Compaña, así que tampoco la cosa parece haber ido muy bien. Y ahora se ha agarrado a lo que hace cualquier activista en horas bajas: a hacer ruido.
No sé si había otro conflicto donde la señora pudiera hacer ruido: el conflicto vasco se terminó cuando el Gobierno permitió a los terroristas ponerse a recoger tantas nueces como el PNV. Que oye: ya tenemos una edad, los achaques empiezan a venir y lo de andar dando saltos por el Gorbea o el Pagasarri y sin gasiosie ya no mola. Ya hemos hecho méritos, ¿no? Pues vengan el marmitako, el bakalao al pil-pil y el txakolí. Y contaremos nuestras batallitas a los nietos, que bien se merecen historias de gudaris valientes por la tierra y la patria vasca a la luz de la lumbre. Que ese conflicto haya causado 800 muertos y 300 de ellos estén sin resolver por «falta de voluntad política» es igual. Es «cosa del pasado», faltaba más.
Total, que en lo del conflicto vasco no se había de meter. Y en los conflictos del África negra tampoco: resulta que, por un lado, lo último que quieren sus contendientes y quienes los azuzan es visibilidad. Además hay un riesgo, nada remoto: acabar como merienda de negros, bien sea de los de un bando, bien de los de otro. Ahí se acababa toda la heroicidad. Además, lo de que te recuerden simplemente porque te metiste en un fregao que no te iba ni te venía y en el que los que controlan la información no tenían interés tampoco mola.
¿En qué conflicto, pues, podía intervenir nuestra activista en horas bajas? Allá vamos.
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