Comencemos por nuestro grito de guerra: ¡Lucidos quedamos, querido Javier! Y esta vez de verdad. Pero vamos por partes, que decía Jack el Destripador.
Ya hemos dejado atrás septiembre y ahora parece buen momento para valorar lo que ha sido el verano. No sé si hubo muchos que se cayeran del guindo en esos tres meses pasados (salvo algún socialista, claro). Los demás ya sabemos que, como dice Bukele, «si el Gobierno no puede acabar con la delincuencia, es que la delincuencia está en el Gobierno». Y sí, desde luego: no queda ninguna duda de que lo que hay en Moncloa y aledaños es una banda de facinerosos. Banda liderada por un presunto macho alfa, que en estos tres meses hemos visto cómo ha sido rebajado a macho omega una vez ha emergido su superior: el indecible ZP, que encima se ha puesto llorón diciendo «A mis hijas no», cuando la justicia está determinando que las «niñas góticas» (por cierto, han eliminado el vídeo de Los Clones relativo a ellas: ¿por qué será?) sí tuvieron arte y parte en la trama de la pesoe y no pequeña.
Tampoco parece quedar ninguna duda de que estamos siendo objeto de una guerra híbrida. Que supongo que se llama así porque no se libra sólo con armas y ejércitos en el terreno. O tal vez estamos ante una fase previa a la intervención de esas armas y ejércitos. El punto escogido ha sido Ceuta. Pero «Ceuta» (y Melilla, no se nos olvide) no son sólo dos puntos en un mapa que reclama Marruecos sólo por que dice que «están en su territorio». Si recordamos, las Malvinas no cumplen el criterio de proximidad geográfica establecido en las regulaciones internacionales. Criterio imposible de dar por bueno si tenemos en cuenta que las Malvinas (Falkland, para los británicos) se hallan a 8.000 kilómetros de su metrópoli. Pero resulta que Gran Bretaña, que se sienta permanentemente en el Consejo de Seguridad de la ONU, se pasa las regulaciones internacionales por donde yo te diga y, al menos en 1982, su Royal Navy estaba en perfecto estado de revista y las fuerzas armadas de Argentina no lo estaban. Y pasó lo que tenía que pasar: que las Malvinas siguen siendo british.
Volviendo a Ceuta, al margen de los hechos en sí que me parecen gravísimos, son también la representación de algo. Algo muy feo y desagradable. Como la cara que se te pone cuando te haces esta pregunta: «¿Tenemos unas Fuerzas Armadas suficientes como para repeler una agresión/invasión de un país vecino y hostil?». Y aún otra: ¿cómo se defiende un país de una guerra híbrida? Estas preguntas deberían hacerse en voz alta y debería contestarlas, como poco, un general. ¿Pero qué ocurre? Que el ascenso al generalato es una decisión política. Lo que significa que ningún Ministro de Defensa va a proponer como candidato a alguien políticamente indiferente o, peor aún, contrario a la política del Gobierno. Con la experiencia del 23-F ya tuvieron bastante. Así que ahora el criterio ya no es la competencia, sino el grado de lealtad perruna. Que la lealtad está bien y es una virtud apreciable en un militar; pero cuando esa lealtad lo es a una banda de facinerosos, dicha virtud se vuelve «discutida y discutible». Y los españolitos de a pie nos quedamos a verlas venir y manejamos especulaciones e hipótesis que pueden ser reales o no; pero parece que a la verdad cruda y desnuda, por lo visto, no tenemos derecho.
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