Como siempre, lucidos quedamos, querido Javier. Estamos, como dicen tus colegas pedantes, «en un momento apasionante de la política». No sé qué entenderán esos colegas pedantes por «momento apasionante»; pero, desde luego, lo que sí podremos decir a las generaciones venideras es lo que decía Roy Batty (con el rostro de Rutger Hauer y la voz del recordado Constantino Romero) «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais». Estamos viendo derrumbarse el edificio político en tiempo real; y si no se ha caído antes con este estrépito es porque todavía queda el número suficiente de personas que creen que se puede salvar algo de todo este derrumbe y que lo aguantan para que no nos vayamos todos a la eme de una sola vez. O que lo aguantan para que otros puedan sorber hasta la última gota de sangre española, que también puede ser.
Porque, efectivamente, hay cosas que nunca habíamos visto antes. Es verdad que anteriormente fuimos testigos de cómo se desintegró la UCD de Suárez, la que «nos trajo la democracia que nos hemos dado» (resulta que ahora habrá que realizar pruebas de ADN para ver quién es el «verdadero padre de la democracia»). Como es sabido, la UCD, cumplido su propósito de guiarnos «de la ley a la ley» sin disparar un solo tiro (tal vez el único y verdadero mérito de la sacrosanta Transición), se desintegró. Hubo un 23-F, del que (según creo) se conocen casi en su totalidad los entresijos —por ejemplo, que tras la figura de un Rey acojonado estaba la más egregia de Sabino Fernández Campo, jefe de su Casa Militar, al que el hoy Emérito nombró Marqués de Ribadeo, pero mandó de una patada de vuelta a su patria asturiana, quitándoselo de encima—. Lo nuevo, entonces, fue que se desintegró estando en el poder, justo antes de perderlo.
Sabemos hoy que UCD era un partido de aluvión, que reunía «diferentes sensibilidades»; razón por la cual, ante una «prueba de estrés», no resistió el embate y se desintegró, partiéndose en dos: unos, como Pacordóñez, al que cabe el dudoso honor de haber colocado la primera piedra del infierno fiscal en que nos asamos hoy los españoles, se fueron al PSOE, que era el poder emergente. Y aparte de quienes consideraron terminada su aventura política, el resto (entre otros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, hoy Amigo del Pueblo Vasco, que es como ser «Héroe de la Unión Soviética», pero de segunda) fue acogido por la Alianza Popular de Manuel Fraga, que inició su existencia zombie como partido apuntalador del PSOE. Qué duda cabe que Felipe era un «encantador de serpientes»: tiene su aquel que cuando contaba con el rodillo (202 diputados) quiso nombrar a Fraga como «jefe de la oposición», cargo con sueldo y que el de Vilalba estuviera encantado con ello, sabiendo que «su AP» no tendría posibilidad alguna de llegar al Gobierno en mucho tiempo y contando sólo con la acumulación de errores y pifias de su adversario político, como así fue.
Se ha de hablar también de un punto que, en nuestra opinión, no se menciona mucho. Uno de de los llamados Pactos de la Moncloa, que consistieron en el reparto del pastel entre hunos y hotros, fue el pacto tácito (o no) era que cada partido podría turnarse en el poder dos legislaturas, aunque formalmente cada cuatro años hubiera elecciones. No se cumplió del todo, porque a Suárez no le dejaron tranquilo y apenas duró una legislatura, al displicente Calvo-Sotelo le duró la broma apenas un año y Felipe, cuya intención era perpetuarse en el poder, estuvo 13 años y ni uno más, porque el desastre era ya de tal magnitud que ni él mismo saliendo bajo palio hubiera podido detenerlo. De lo cual, por cierto, nos pudimos enterar con exu… berancia de detalles porque surgió una prensa que se emperró en hacer estallar las minas (casos judiciales) que afectaban al Gobierno un día sí e outro tamén. Aznar cumplió con los ocho años, viendo que también le afectaba el síndrome monclovita (de lo cual fue prueba irrefutable el bodorrio de Anita en El Escorial). ZP, del cual hablaremos en esta carta más adelante porque forma parte de la actualidad, cumplió apenas con siete años (parece mentira el daño que hizo sin llegar a cumplir). Rajoy, a su vez, también cumplió con siete años. Cumplió, sobre todo, con no deshacer nada de lo que hizo ZP y con machacar a algún medio que le ayudó a llegar a la Moncloa (señaladamente, Intereconomía) sólo porque molestaba a la izquierda (presunta). De su vergonzosa salida del poder, mejor ni hablemos. De su sucesor, Sánchez, hablaremos en otra parte de esta carta también.
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