Tomo prestado el título de un artículo de mi amiga Luisa C. Perosán, que pueden consultar aquí; pero en vez de comentárselo a renglón seguido como en otras ocasiones, voy a comentarlo con toda la extensión y por separado, porque el tema que trata tiene su miga. Y es que, parafraseando el famosísimo tango, seis años no es nada.
Empieza Luisa por hablarnos de la mansedumbre con que aceptamos que nos estabularan confinaran durante dos meses, con el acompañamiento de unas «medidas» ilógicas cuando no directamente ridículas. Como dice ella, normalizamos que la Policía detuviera/multara a personas por salir a la calle durante el confinamiento. La idea que se les ocurrió a muchos, digna de Luis García Berlanga, fue comprarse/adoptar un perro como excusa para echar el paseo. Esa medida en particular quedó en nada al declarar el TC que el primer confinamiento era nulo de pleno derecho. De lo que ya tengo alguna duda es que se devolviera lo cobrado en ese concepto sancionador (conociendo a este gobierno y estando Ayahuasca Montero a cargo del dinero, imagino lo que sucedería).
Tampoco está de más recordar cómo el pueblo español, tradicionalmente orgulloso y levantisco frente a la opresión, se comportó como un rebaño de ovejas. Pero no sólo eso: hizo buena la máxima de Aldous Huxley: «La mejor forma de conseguir una cruzada por una buena causa es prometer a la gente que tendrá la oportunidad de maltratar a alguien. Ser capaz de destruir con buena conciencia, poder comportarse mal y llamar “justa indignación” a tu mal comportamiento: ése es el colmo del lujo psicológico, el más delicioso regalo moral».
Y así fue. En aquellos años contemplamos con estupor cómo personas que nunca habían sido nada en la vida se revestían de «indignación virtuosa» y señalaban con el dedo a quienes no nos queríamos someter a las reglas estúpidas que nos querían imponer, convirtiéndose en una especie de guardianes de la moral ajena. Todo ello aderezado con una machacona propaganda mañana, tarde y noche. El hecho es que, contemplado todo el asunto con la distancia, uno imagina que si Napoleón, en vez de tener enfrente al pueblo español que tuvo en 1808, hubiera tenido al ganao actual hoy estaríamos hablando en français, llamándonos Monsieur y Madame (o Mademoiselle, en su caso) y tratándonos de vous y comment allez-vous.
Yo me preguntaba si estábamos en una democracia asentada o en una mala réplica de la DDR: a la gente que «no cumplía las normas» se la echaba de los medios de transporte e incluso de las iglesias. Creo que, salvo el obispo Cañizares en Valencia, que se negó a prosternarse ante el ídolo bicho, ni siquiera la Iglesia estuvo a la altura de la situación. Y como apunte personal, aunque yo me libré de ser obligado a vacunarme, me hice como creyente (o, por lo menos, como persona que intenta seguir esa línea creyente) esta pregunta: «¿A quién vas a creer: a Dios o al Gobierno?». Y para mí la respuesta fue clara. Me decepcionó, no obstante, que la respuesta de las altas jerarquías españolas no coincidiera con la mía.
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