Pensamientos al vuelo

Ideas, intuiciones y otras cosas que se me pasan por la cabeza


Trenes de la muerte (I)

Hoy, Javier, podría empezar con nuestro grito de guerra habitual. O con que «nos está quedando un país la mar de bonito». Pero no. Hoy no. Como dijo Aragorn arengando a sus tropas frente a los orcos de Mordor, «hoy no es ese día». Es una pena que, por «derechos de autor», no puedas usar esa arenga en tus cuñas de programa, que en estas fechas viene como anillo al dedo (aunque sí uses la de La chaqueta metálica, pero sin poder decir «comunista de mierda», claro… porque os cierran la emisora).

De estos días que te he escuchado, lo que más me ha gustado es la idea de «domesticar la protesta». Que de hecho casi lo está, porque todo el mundo menos las víctimas se queja… en X (antes Twitter). Ahí sí. Ahí van todos los gritos, las imprecaciones, los insultos… en fin, todo eso que es «polvo en el viento» y que el viento se lleva volando. Los famosos Dos Minutos de Odio (y ni un segundo más). Ante unos hechos como éstos, nuestros antepasados no tan lejanos hubieran salido a la calle. Pero no a reventar escaparates y a agredir transeúntes, qué va: a hacer caer el gobierno. Pero quienes mandan han conseguido crear una ciudadanía con memoria de pez y que cuando mira en derredor no ve prójimos, sino enemigos potenciales.

Para mí, ejemplo claro de esta «domesticación» fue, como mencionaste, el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Ocurrió el 13 de julio de 1997. Tras un tira y afloja con el Gobierno de Aznar (primera legislatura), el joven errmoatarra es asesinado por ETA a manos de Irantzu Gallastegi (apellido de rancio abolengo en el nacionalismo vasco) y de Txapote el de los memes. Lo «inesperado» fue que, a diferencia de otras veces, los vecinos de Ermua se echaron a la calle y no precisamente para «protestar». Eso era lo de siempre. Lo nuevo es que ahora iban a por los proetarras del pueblo. Parecía que el miedo había cambiado de bando. Los etarras estaban acojonados ante esa reacción que no habían previsto.

Falsa alarma. Xabier Arzallus, que tenía prácticamente todo el poder en Vascongadas sin haberse presentado jamás a unas elecciones y jesuita antes que político, salió al quite. Debió sonreír brevemente y decir: «Déjales. Ya se calmarán». Y efectivamente, así ocurrió. Sobre la ira bien justificada del pueblo, de los vascos en general y de las gentes de bien en general de España se vertieron toneladas de «mermelada sentimental», en expresión que tomo prestada de Gregorio Luri: aparecieron los mecheritos, las manos blancas, el «somos mejores que ellos» y otras estupideces sentimentaloides para justificar la inacción. Y al poco, volvió el silencio. Ese silencio preñado de amenazas que sólo se levantó un poco cuando ETA decidió «por sí misma», que dejaba de matar.

Se podría hablar también de otro ejemplo de «domesticación» como lo fue la reacción popular ante el 11-M. Hemos tardado veinte años en intuir lo que dejaron caer el juez Javier Gómez Bermúdez y el mismo Aznar. El primero, que ahora lo niega vehementemente, presuntamente dijo: «La verdad del 11-M es tan terrible que España no está preparada para conocerla». El segundo, que «los autores intelectuales del 11-M no están en desiertos remotos». Hoy empezamos a intuir que se trató de una pinza entre los servicios secretos marroquíes y franceses. Francia y Marruecos (con estos amigos, ¿para qué quiere uno enemigos?). Me pregunto si quien urdió la trama (o uno de ellos) no fue Freddy el Químico, el mismo que dijo esto:

Mejor ni desarrollo la frase, porque habría que hablar de las muchas mentiras que vinieron después.


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