Pensamientos al vuelo

Ideas, intuiciones y otras cosas que se me pasan por la cabeza


Lo hemos vuelto a hacer (I)

Hace aproximadamente 16 años, un emocionado servidor de ustedes escribió esta entrada. Era la primera vez que la selección española de fútbol llegaba al Olimpo de lo deportivo: ganaba la Copa del Mundo. La primera vez que nos saltábamos la maldita (valga la redundancia) maldición de los cuartos. Hasta entonces había sido la tradición: llegar a cuartos de final y tener que hacer las maletas por no poder saltarse ese muro insalvable. Pero en 2010 quedaron atrás todas esas decepciones, incluida (y lo siento por él) la del gol fallado a portería vacía en el mundial de Argentina 78 por Julio Cardeñosa. El Mundial nos curó de todos esos sinsabores, decepciones y tragedias deportivas. Quiso el azar que además nos enfrentáramos y venciésemos a Holanda, un adversario de fuste y que hizo que nuestra victoria fuera aún más resonante, por más que no fuera la famosa naranja mecánica de Rinus Michaels, de Johan Cruyff y de Johan Neeskens. Impagable también la cara de pomes agres de monsieur Platini al ver que levantábamos la Copa del Mundo.

Dieciséis años después, la selección española ha vuelto a hacer historia. Quizá pueda parecer que la cosa se ha deslucido un poco, por el famoso entorno que rodea siempre a estos acontecimientos deportivos. Vaya por delante que estoy de acuerdo con una cosa que dijo en uno de sus programas Javier García Isac: que las selecciones nacionales ya se comportan como los equipos de la Liga. Hoy en día, cualquier selección puede comprar a un jugador de fútbol no sólo con dinero —que también—, sino concediéndole la nacionalidad. El tema puede ser delicado, porque nunca faltan los trolos bienpagaos que acusarán a ustedes de «ser un nazi (o “fascista”, que es la palabra talismán que usa esa gentuza)» si abogas porque los integrantes de una selección nacional sean nacionales de origen: ya saben, el peligroso subtexto de la «pureza de la raza». La famosa frase de Mao sobre los gatos queda bien (a medias) en el contexto de una Liga nacional, en la que puede haber quien considere su afiliación a un equipo de fútbol como una «religión»; pero queda, en mi opinión, fatal en el ámbito de las selecciones nacionales.

Cuando ya la mercantilización del deporte alcanza ese nivel, es habitual oír cosas como ésta: «Hemos echado el ojo al jugador X, que es muy bueno pero juega en la liga del país Z. Tenemos la pasta para comprarlo. El requisito de la nacionalidad no es más que un trámite y, si hace falta, se unta al responsable. ¿Qué problema hay?». En mi opinión, eso es ya pervertir la esencia del deporte; es hacer trampas. Porque el dinero aquí supera el sentimiento, como de hecho ocurre en las Ligas nacionales. ¿Qué sentimiento? El de «sentir los colores». He oído muchas veces quejarse a forofos de su equipo de fútbol que «tal o cual jugador “no siente los colores” del equipo y sólo forma parte de él por el pastón que gana jugando».

El problema se agrava cuando se trata de selecciones nacionales. En mi opinión, a este nivel no se trata de dar patadas a un balón con independencia de la camiseta que se vista; porque, por esa regla de tres, Lamine Yamal puede hoy vestir la camiseta rojigualda (me niego a decir «La Roja», como dicen los progres desde ZP) y mañana la de su país de origen, Marruecos, sin despeinarse demasiado e imitar a cierta joven descerebrada que salió en redes mostrando sus dos pasaportes, el marroquí y el español, lanzando este último a la basura. Por lo demás, nada tengo en contra de algunos que han rechazado vestir la camiseta de la selección: en el tiempo, Oleguer Presas (opiniones políticas del nen aparte, que son de aúpa); recientemente, aunque en el ámbito del atletismo, un quídam llamado Marko Usabiaga. Tampoco tengo nada en contra de que, en tal caso, sus patrocinadores les retiren el apoyo económico que seguramente necesitan para perseverar en su profesión y que se busquen la vida fuera de ese paraguas económico (o fuera de la profesión, como le pasó al propio Presas). Porque cuando un jugador forma parte de la Selección de su país, ya se trate de España o de Cabo Verde, de Argentina o de Naurú, representa a su país. No es un mero trabajador por cuenta ajena sometido al Estatuto de los Trabajadores, a las órdenes de un encargado (el entrenador o míster) por un sueldo bastante elevado, que esa podría ser su realidad jurídica a ras de suelo. Le guste o no a ese jugador, lleva nuestro pabellón allá donde va como tal y debe dejarlo bien alto, demostrando el señorío y la nobleza que se le supone como nacional de un país, que por ello puede blasonar de esas mismas virtudes.


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