Volviendo a la gesta deportiva, en mi opinión nuestra Selección estuvo a la altura de las circunstancias, pese a nuestro lento arranque (a muchos nos supo a poco el empate con Cabo Verde, si bien hay que reconocer que la necesidad de reservar fuerzas y el enfrentarse a un portero que lo paraba casi todo casi justificaron ese resultado). El azar fue emparejando a la Selección con equipos a los que fue venciendo de manera indiscutible, hasta llegar a la final con Argentina. Se dio la extraña circunstancia de que esas selecciones a las que nos enfrentábamos y vencíamos eran calurosamente apoyadas por cenutrios y borregos que en redes sociales llevan escrito en la frente «Putaspanya». Recordaban al antes y al después de Pujol en el tema de los referéndums de Québec: «Catalunya es como Québec» / «Ehmmm… Què bé que no som com aquells del Canadà» (después de que los québécoises perdieran el referéndum, claro). Era ridículo ver cómo los separatistas apoyaban a selecciones que, una tras otra, iban cayendo.
Y llegamos a la final. He de reconocer a ustedes que no vi ese partido (como español de bien que me considero, sí debería haberlo visto). Pero con los comentarios de unos y de otros creo haberme hecho una idea de lo que fue: nuestra Selección jugó al fútbol, con señorío y nobleza y ganó, mientras que los argentinos jugaron a la barra brava… y no les salió bien. No menos llamativa fue la elección del árbitro, que anuló dos goles a la Selección por la cara. Luego pasa lo que pasa: empezamos a decir «vamos a ver quién es este tío» y aparecen los sapos y las culebras en el pasado de ese señor esloveno. Y uno sigue preguntándose por qué «este tío» precisamente iba a pitar ese partido y quién le designó. Dejemos esa cuestión a las autoridades competentes.
Siguiendo el rastro de la victoria van, en primer lugar, los que celebran la victoria como un éxito colectivo (la mayoría); por detrás, a mucha distancia, los enanos resentidos del «no es para tanto», «no han hecho nada especial», etcétera. Seguramente no lo saben, pero los que lanzan a la jauría sí lo saben: que despreciar la gesta no es sino otra forma de despreciar el país. Y los últimos, los que llevados de la rabia por no poder minimizar la gesta, se dedican a vandalizar murales en honor de nuestros jugadores, presentándolos en algún caso (Ferran Torres) como «especuladores y sinvergüenzas». Lo dejo en que esos que afirman tales cosas no se miran al espejo ni se lo ponen a los gerifaltes de su partido.
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