Segundo trozo
Este trozo será probablemente más largo, pues va referido a la presunta accesibilidad de los políticos en las redes. De toda la vida se había dicho que los políticos vivían en las alturas, en su burbuja política y con poco o ningún contacto con la realidad. Cobran ese peaso (Chiquito dixit) de sueldo y trabajan en dos períodos de sesiones al año (de septiembre a diciembre y de febrero a junio). Es verdad que tienen que aprenderse los mamotretos de proyectos de ley (aunque me da que sólo lo hacen los primeros espadas; los otros siguen a la manada); pero en resumidas cuentas, es lo que tienen los verdaderos privilegios: que conllevan una responsabilidad importante.
Con la llegada de Internet (1995), que «acerca lo lejano» (descubriríamos también con el tiempo que «aleja lo cercano») y, sobre todo de las redes sociales (2008), algunos creímos que uno se podría dirigir libremente a un personaje público para manifestarle su opinión sin intermediarios, siempre de forma educada. Pero ahí las cosas han dado un vuelco, en dos sentidos:
a) El nivel de comentarios se ha degradado hasta lo indecible. Al confundirse la sinceridad con la mala educación (es decir, que uno cree ser sincero cuando en realidad se comporta como un maleducado), uno puede encontrarse con lo siguiente: «¡Cállate ya, gangoso de mierda, que no dices más que mentiras!». Respuesta (a nivel parecido): «¡Cállate tú, que si supieras quién es tu padre empezarías a ladrar!». La gente no entra ya en redes sociales sino para despotricar y poco más. No hay debate: hay bateo (verbal). Naturalmente, esto da para dos tweets y el bloqueo es inmediato.
b) Esta circunstancia ha provocado en los personajes públicos de todo tipo que lo único que permiten es que les hagas la ola. Particularmente, los políticos y sus allegados: «¡Yo contigo, Pedro! ¡Yo con Begoña!». Yo con… patatas fritas y guarnición, ¿no te jode? Porque cuando preguntas, aunque sea educadamente: «Oye, y si Fulano va a la cárcel, ¿tú irás con él/ella/elle?». La respuesta sale como un cañonazo, fulminante: «¡Fulano no irá nunca a la cárcel y tú eres un fascista por imaginarlo siquiera!». Menos mal que no preguntamos por Ábalos, José Luis Ábalos, de Torrente…
Lo que me lleva al asunto de este «trozote». En redes, los políticos sólo admiten la admiración: «¡Qué gran trabajo, Juan (García Gallardo)!» o «¡Eres un tío grande, Hermann (Tertsch)!» y adulaciones de diverso tamaño y pelaje. Descartados los insultos, que no tienen prácticamente recorrido, quedan las preguntas formuladas con educación. Pero resulta que éstas tampoco les gustan. Te pondré tres ejemplos, por orden de importancia.
El primer caso es una carta que yo quise enviar y envié a frau Alice Weidel, presidenta a la sazón de AfD. Le explicaba un caso (bastante atroz) relacionado con una alumna que yo conozco. Le hablaba de la educación y de por dónde creía yo que debían ir los tiros en ese terreno si alguna vez llegaba a gobernar (complicado, con toda la campaña que les están haciendo en contra, de un modo parecido a VOX). El caso es que agradecieron mis impresiones, me prometieron que lo harían llegar a Frau Weidel… y nunca más he vuelto a saber de la carta. Accesibilidad 0 – Indiferencia 1.
El segundo caso es el de Juan García Gallardo, exvicepresidente de Castilla y León. Cuando estaba en su máximo apogeo el tema de la demolición de presas por parte de Teresita Ribera, la Demolition Woman, de quien ya hemos hablado largo y tendido en nuestro blog, pregunté, como ciudadano residente en la comunidad, qué medidas tenía previstas él como segunda autoridad de la Comunidad para frenar la ferocidad demoledora de la menestra. También recibí la callada por respuesta. Si me hubiera acordado de su madre seguramente me habría hecho caso (aunque sólo fuera para bloquearme). Me sirvió, eso sí, para ir confirmando que no les gusta que un mindundi (servidor) les haga una pregunta al parecer incómoda (claaaaro: a mí me iba a contar esas medidas, ¿no te jode?). Que ahora vaya como alma en pena, como la zarzamora… bueno, son cosas de la política…
¿Qué tiene la Zarzamora, que a todas horas
Llora que llora por los rincones?
Ella, que siempre reía
Y presumía de que partía los corazones…
Accesibilidad 0 – Indiferencia 2.
Y el tercer caso, relativamente reciente, de Hermann Tertsch. Con él fueron dos encontronazos. El primero, si no recuerdo mal, a cuenta de una performance blasfema en los exteriores del Europarlamento. Tertsch adoptó la postura de denunciante: «¡Míaaaaa, míaaa lo que han hecho!». Como quien no quiere la cosa, yo le pregunté: «Bueno, ¿y qué has hecho tú ante esa blasfemia?». Me dio la callada por respuesta, quizá sabedor en el fondo de que el «yo me conformo con denunciar y no me pidas más, ¿eh?» vale para un mindundi como yo, pero no para un flamante eurodiputado como él.
El segundo encontronazo fue, también, a cuenta de alguna golfada de Von der Hexen y sus cuates (no recuerdo cuál). Se destaparon las verdades de los contactos familiares de la señora con las peores mafias mundiales (las que se visten de oficialidad y respetabilidad) y leías a Tertsch en X (antes Twitter) tronando lleno de indignación virtuosa, como cuando en los viejos tiempos Alejandro Lerroux tronaba diciendo «¡Esto es un atropello! ¡Una inmoralidad! ¡No se puede consentir!». Como siempre y como quien no quiere la cosa, pregunté a Herr Tertsch (non sic): «Vale. Esa señora es una indeseable y no debería haber llegado nunca a Presidenta de la Comisión. Pero yo pregunto: ¿vais a presentar los patriotas una demanda contra ella por sus pifias o qué? ¿Y cuándo?». Parece que ha sido qué, porque me ha silenciado. Y además es verano (terminando julio) y como dicen en Andalucía, jase muuuucha caló. Vamos, que no estaba por mover un dedo. Será, como dicen en latín juridico, un dies incertus an incertus quando, o ad calendas graecas… porque la tipa sigue sonriendo a la cámara cada vez que le lanzan cataratas de improperios. Tercera y definitiva confirmación: no eres nadie para dirigirte a ellos, salvo para hacerles la ola. Accesibilidad 0 – Indiferencia 3.
Todos ellos se merecen escuchar esta copla que con tanto arte y desgarro cantaba José Menese:
Señor que vas a caballo
y no das (ni) los buenos días,
si el caballo cojeara
otro gallo cantaría.
Que, déjame decirte: en el caso de ellos, el caballo acaba por cojear tarde o temprano. Y es indiferente que la caída del caballo sea leve o una hostia de reglamento, como se la pegó San Pablo camino de Damasco. La trituradora de carne hace que en tiempo relativamente breve sean olvidados y a otra cosa. Eso sí: la poca fe que me quedaba en los políticos en redes, aunque se digan contrarios al Gobierno, desplieguen toda su parafernalia y bla-bla-bla… simplemente se ha desvanecido.
Es verdad que gente que me quiere bien me dice: «Apártate de las redes, que no sirven para nada». Y de verdad: si no fuera por las «cartas» que te escribo, que cierta vez Tertsch calificó de largas diatribas, habría desaparecido yo también de redes. Efectivamente, no sirven para nada, salvo para marcarte como disidente si te apartas del discurso ovino del despotricar y ya está.
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